Esas noches en las que el insomnio me invadía, lo único que me salvava del aburrimiento era ponerme a escribir. Iluminado por una tenue luz escribía pequeños fragmentos desordenados, poesía, rimas improvisadas. Siempre paraba de escribir un rato para leer a mis dos poetas preferidos, Pablo Neruda y Mario Benedetti.
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